Treinta años en la intimidad del Comandante
En 1959, un aprendiz de cocina de dieciséis años se unió a la Revolución Cubana como guardaespaldas. La posibilidad de un campamento lo convertirá en el hombre que, durante tres décadas, alimentará a Fidel Castro y recibirá en su mesa a algunas de las figuras más importantes del siglo. Retrato de una vida vivida muy cerca del poder.

Hay destinos que dependen de un detalle. El de Tomás Erasmo Hernández León tiene como base un cazo. En 1959, tenía sólo dieciséis años y aprendió el oficio en un hotel de La Habana cuando la Revolución tomó la isla. El joven se alistó y se unió a la columna de Ernesto “Che” Guevara como guardaespaldas. La vida en la Sierra Maestra es dura, hecha de interminables paseos, hambre y largas esperas bajo los árboles. Un día, en un vivac, los luchadores hacen un descubrimiento que sellará su futuro: entre ellos, este niño formado en las cocinas de un hotel de la capital es el único que realmente sabe cocinar. Le confiamos las estufas. Nunca más los dejará. Lo que era sólo un recurso de campaña se convertiría en el asunto de su vida.
De esta promoción improvisada nació una de las lealtades más largas en la historia culinaria del poder. Durante casi treinta años, Erasmo Hernández será la mesa de Fidel Castro. Contrariamente a la imagen que se podría tener de él, el Comandante no era un gourmet caprichoso. Le encantaba la sencillez: los espaguetis que él mismo preparaba felizmente, una sopa de verduras que le encantaba, el cordero con miel de coco, el lechón asado marinado en mojo criollo. Pero esta aparente sobriedad ocultaba una exigencia de un orden completamente diferente: la de la confianza. Porque nutrir a un jefe de Estado significa acceder cada día a su parte más vulnerable, aquella donde la figura pública vuelve a convertirse en un hombre como cualquier otro. Erasmo se convirtió así en mucho más que un cocinero: un familiar, un hombre en las sombras, un confidente silencioso cuya presencia diaria valía cada recomendación.
Su cocina fue también, sin que él lo hubiera buscado nunca, una de las encrucijadas más discretas del siglo XX. En la mesa que puso estuvo el Che, por supuesto, pero también el escritor Gabriel García Márquez, amigo cercano del líder cubano, e incluso Mao Zedong durante importantes visitas de Estado. Detrás de cada plato había conversaciones que la historia no ha registrado todas, amistades y alianzas que pesaban sobre el destino de continentes enteros. Una sopa humeante, un plato cocido a fuego lento y, a veces, el clima de una reunión diplomática se inclinaba hacia la confianza. El cocinero escuchó todo y no dijo nada.
Es precisamente a este precio que los poderosos pagan la longevidad: lealtad inquebrantable y discreción absoluta, que nunca falta.
Pero esta cercanía tiene sus desventajas, y tal vez sea la lección más inquietante de esta historia. Fidel Castro no tenía un cocinero: tenía dos. El segundo, conocido con el nombre de Flores, también sirvió con la misma devoción, el mismo sacrificio. Sin embargo, sus caminos divergieron de manera sorprendente. Mientras Erasmo pasó las décadas sin incidentes, Flores poco a poco fue perdiendo la cabeza y acabó con su vida en una casa en ruinas de La Habana, olvidada por todos. Fue el periodista polaco Witold Szablowski quien, en una investigación dedicada a los chefs de los grandes de este mundo, cruzó sus dos biografías. Dicen la misma verdad, casi cruel: servir lo más cerca posible de la cima no ofrece garantías. El chef del poder lo da todo -su talento, su juventud, sus años de silencio- sin recibir nunca más que un favor revocable a cambio. Dos hombres, una misma pasión, dos fines que nada presagiaba: la fortuna de uno y el olvido del otro dependen de poco, y este poco escapa a toda lógica. Nos gustaría creer que el mérito o el talento deciden; no es nada de eso. Lo que separa la luz de la sombra, en estas existencias dedicadas a un solo hombre, es en parte insondable: el temperamento, la capacidad de perseverancia y, sin duda, esta forma de compostura que permite verlo todo sin dejar que nada se vea.
Erasmo tuvo la sabiduría -o la gracia- de nunca traicionar la privacidad de aquellos a quienes servía.
Hoy regenta una paladar, uno de esos restaurantes privados que acabó autorizando Cuba, llamado Mama Inés, en plena Habana Vieja.
Todas las noches se sirve langosta a una clientela adinerada, a mil kilómetros de los campamentos de la Sierra Maestra. Su trayectoria sigue la de su isla: de la Revolución a la economía mixta, de las armas a los fogones, del ideal colectivo a la empresa personal. A través de este hombre podemos leer todo un siglo cubano, su fervor y su desencanto.
Lo que queda de esta vida extraordinaria es una imagen de una sencillez desarmante: la de un adolescente de dieciséis años al que le entregan un cucharón y que comprende, sin saberlo aún, que acaba de entrar en el círculo más estrecho del poder. Porque desde Versalles hasta La Habana, la Historia no deja de repetirse: quien alimenta al príncipe nunca está lejos de su corazón.
Fuentes
- Vice.fr - En la mesa de Erasmo, el ex chef de Fidel Castro: https://www.vice.com/fr/article/a-la-table-derasmo-lancien-chef-de-fidel-castro/ Centro literario - Lo que aprendí hablando con el chef personal de Fidel Castro*: https://lithub.com/what-i-learned-speaking-to-fidel-castros-personal-chef/
- Traduciendo Cuba - Los cocineros de Fidel Castro: en la miseria o en la opulencia, ambos lo adoran: https://translatingcuba.com/fidel-castros-cooks-in-squalor-or-opulence-both-adore-him/
- Witold Szablowski, Cómo alimentar a un dictador, ed. Negro sobre Blanco, 2020 (encuesta que cruza las biografías de los cocineros de varios jefes de Estado, incluidos los dos cocineros de Fidel Castro).
- El lugar del chef con autoridad, informe de investigación, junio de 2026 (cap. 25, “Caribe”).



